Veronica -und der Mango-Baum

Photo: ©Maricruz Peñaloza


Veronica und der Mango-Baum


Es muss im Mai gewesen sein, wenn die Mangobäume voller Mangos hängen.

Wir waren etwa elf oder zwölf Jahre alt, so erinnere ich mich. Wir gingen in dieselbe Schule und hatten dieselben Freundinnen. Es war ziemlich heiß, denn erst in diesem Monat fielen die ersten Regentropfen und damit begann die Mango-Saison. Manila-Mangos, Ataulfo-Mangos. Große und kleine. Gelbe, rote und grüne. Jede Sorte hat ihren eigenen Namen.

Veronica wohnte in einem großen alten Haus mitten in der Stadt, in der wir aufgewachsen sind. Ihr Haus hatte einen großen Patio, also einen Hinterhof, voller Obstbäume. Es war wie ein kleines Paradies auf Erden. Sie hatten auch zwei oder drei Hunde.

An diesem Nachmittag hatten Veronika und ich nichts anderes zu tun, als alle Mangos zu essen, die wir auf dem Boden fanden oder pflückten: die reifen, die kleinen, die großen… sogar die grünen, die ich nicht essen durfte, weil sie noch nicht reif waren. Eine solche “Mango-Orgie” hatte ich noch nie in meinem Leben erlebt. Ich aß sie mit Salz und Zitronensaft, mit Zitronensaft und Chilipulver, mit Chamoy, mit Zitronensaft und Erdnüssen … mit der Hand, mit einem Löffel, mit einer Gabel, mit einem Messer, ich aß sie mit allem, was ich konnte … Und Veronika auch. Wir aßen und aßen … bis wir nicht mehr konnten … bis wir platzten! Oder besser gesagt: bis unsere Zähne und Zunge vom Zitronensaft „verkocht“ waren.

Als ich längst bereit war, aufzugeben, kletterte Veronika noch einmal auf den Baum und warf eine Mango nach der anderen ins Gras.

Als ich nach Hause kam, konnte ich mich kaum noch bewegen. Ich hatte so viele Mangos im Bauch. Ohne Abendessen bin ich gleich ins Bett gegangen und meine Mutter war erstaunt. Ich wollte eigentlich nur den Geschmack und den Geruch der Mangos im Bett genießen. Abgesehen davon fühlte sich mein Bauch wie ein Mangobaum – voller Mangos. Der Traum endete schnell, als ich mit starken Bauchschmerzen aufstehen musste.

In meinem Bauch waren so viele Mangos, die raus wollten und mussten! Ich musste meine Mutter wecken, damit sie mir etwas gegen diese schrecklichen Schmerzen gab.

Die Diagnose war eindeutig: Magenverstimmung … von zu vielen Mangos, zu viel Zitronensaft, zu viel Chili – einfach zu viel von allem. Zu viel von allem. Vor allem aber von den vielen unreifen Mangos, die ich eigentlich nicht essen sollte. Gerade weil sie Durchfall verursachen. Ich war mir da allerdings nicht ganz sicher, denn sie waren einfach zu lecker. Aber meine Mutter war davon überzeugt. 

Nachdem ich mich von diesem Drama erholt hatte, konnte ich später wieder Mangos genießen, allerdings nie wieder in solchen industriellen Mengen. 

Und wie dieser Nachmittag für Veronika zu Ende ging, wusste ich nicht.


Verónica y el árbol de mango

Debió de ser en mayo, cuando los árboles de mango estaban cargados de fruta.

Tendríamos unos once o doce años, si mal no recuerdo. Íbamos al mismo colegio y teníamos las mismas amigas.. Íbamos al mismo colegio y teníamos las mismas amigas.

Hacía bastante calor. Era en ese mes cuando caían las primeras gotas de lluvia y comenzaba la temporada de mangos. Mango Manila, mango Ataulfo. Grandes y pequeños. Amarillos, rojos y verdes. Cada variedad con su propio nombre.

Verónica vivía en una casa grande y antigua, en el centro de la ciudad donde crecimos. Su casa tenía un patio enorme, lleno de árboles frutales. Era como un pequeño paraíso en la tierra. También tenían dos o tres perros.

Aquella tarde, Verónica y yo no teníamos otra cosa que hacer más que comernos todos los mangos que encontramos en el suelo o que cortamos del árbol: los maduros, los pequeños, los grandes… incluso los verdes, que no me dejaban comer porque todavía no estaban maduros. Nunca en mi vida había vivido semejante «orgía de mangos».

Me los comía con sal y jugo de limón, con jugo de limón y chile en polvo, con chamoy, con jugo de limón y cacahuates… Con la mano, con cuchara, con tenedor, con cuchillo; me los comía con todo lo que podía… Y Verónica también. Comíamos y comíamos… hasta más no poder… ¡hasta reventar! O mejor dicho: hasta que los dientes y la lengua se nos «cocieron» de tanto jugo de limón.

Cuando yo ya estaba más que dispuesta a tirar la toalla, Verónica volvió a subirse al árbol y empezó a lanzar un mango tras otro al pasto.

Cuando llegué a casa, apenas podía moverme. Tenía tantos mangos en la panza que fui directamente a la cama sin cenar, para sorpresa de mi madre. Yo solo quería seguir disfrutando en la cama del sabor y del olor de los mangos. Aunque mi barriga parecía un árbol: llena de mangos. El sueño terminó pronto cuando tuve que levantarme con un fuerte dolor en la barriga.

¡Tenía tantos mangos en la barriga que querían salir… y tenían que salir! Asi que tuve que despertar a mi madre para que me diera algo para el dolor.

El diagnóstico estaba claro: indigestión… demasiados mangos, demasiado jugo de limón, demasiado chile… simplemente demasiadas cosas.  En definitiva, ¡demasiado de todo!. Sin duda, había comido muchos mangos verdes, esos que en realidad no debería haber comido.  Sobre todo porque, según mi madre, provocaban diarrea.  Yo no estaba del todo convencida, porque estaban riquísimos. Pero mi madre sí. 

Después de recuperarme de aquel drama, pude volver a disfrutar de los mangos, aunque nunca más en semejantes cantidades industriales.

Y no supe cómo terminó aquella tarde para Verónica.

©2007


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