
Julia liebte es, auf der anderen Seite der Brücke zu spielen. Als ältestes von vier Kindern – drei Mädchen und ein Junge – spielte sie vor allem mit ihrer zweitältesten Schwester „comadritas“.
Dieses Spiel war ihre eigene Erfindung. Stundenlang plauderten sie, erzählten sich Geschichten und flanierten über die Brücke hin und her, als wäre sie die schönste Promenade der Welt. Sie hatten auch ihre Puppen dabei. Unter der Brücke floss ein kleiner Bach.
Das Haus ihrer Kindheit lag außerhalb der Stadt, umgeben von tropischem Grün, wilden Pflanzen und Tieren. Wer auf dem Weg zur guatemaltekischen Grenze vorbeifuhr, konnte es von der Hauptstraße aus sehen: ein großes, weiß gestrichenes Haus mit einem weitläufigen Garten. Die Brücke führte zum Eingang des Hauses.
Viele Nachmittage verbrachte sie dort auch mit ihren Freundinnen. Dann spielten sie etwas anderes: Wer war die beste Primaballerina? Auf Zehenspitzen balancierten sie in ihren Dr.-Scholl-Holzsandalen mit den dunkelblauen Riemen und taten so, als tanzten sie auf der Bühne des Bolschoi-Balletts.
Unter den aufmerksamen Blicken von Tere und Andrea, den beiden Schwestern, die seit vielen Jahren im Haus arbeiteten, machten sie ihre Révérence. Arme hoch. Arme runter. Plié. Penché. Bauch einziehen. Brust heraus. Gerader Rücken. Tere und Andrea lachten mit den Mädchen. Andrea zeigte dabei ihre Zahnlücken.
Sie liebte ihre Dr.-Scholl-Sandalen. Für sie waren es die besten Ballerinaschuhe der Welt. So vergingen die Nachmittage nach der Schule, wenn die Sonne langsam tiefer sank und die Hitze nachließ. In der Dämmerung war sie nur noch eine ferne Erinnerung, während die frische Luft ihr Gesicht streichelte und mit ihren kurzen, glatten Haaren spielte.
Von Zeit zu Zeit lieferten sie und ihre Schwester sich Wettrennen. Sie rannten die ganze Länge der Brücke hin und zurück, immer wieder, und wetteten darauf, wer den Nachmittag gewinnen würde. Mal gewann die eine, mal die andere. Am Abend fielen beide erschöpft ins Bett.
Damals erschien Julia die Brücke riesig und endlos. Mit den Jahren wurde sie immer kleiner. „Geblieben ist sie dennoch – nicht wegen ihrer Größe, sondern weil dort ein Stück ihrer Kindheit zurückblieb.
©2002
El puente — Julia —
A Julia le encantaba jugar al otro lado del puente. Era la mayor de cuatro hermanos —tres niñas y un niño— y jugaba sobre todo con la hermana que le seguía. Jugaban a las «comadritas».
Era un juego que ellas mismas habían inventado. Pasaban horas platicando, contándose historias y paseándose de un lado a otro por el puente, como si fuera el paseo más bonito del mundo. También llevaban consigo sus muñecas. Debajo del puente corría un pequeño arroyo.
La casa de su infancia estaba a las afueras de la ciudad, rodeada de vegetación tropical, plantas silvestres y animales. Quienes pasaban por la carretera rumbo a la frontera con Guatemala podían verla desde el camino: una casa grande, con un jardín amplio y una terraza. El puente conducía hasta la entrada de la casa.
Muchas tardes las pasaba allí también con sus amigas. Entonces jugaban a otra cosa: ¿quién era la mejor primera bailarina?
De puntitas, intentaban mantener el equilibrio sobre sus sandalias de madera Dr. Scholl, con tiras azul oscuro, imaginando que bailaban sobre el escenario del Ballet Bolshói.
Bajo las atentas miradas de Tere y Andrea, las dos hermanas que trabajaban en la casa desde hacía muchos años, hacían su révérence. Brazos arriba. Brazos abajo. Plié. Penché. Panza adentro. Pecho afuera. Espalda recta. Tere y Andrea se reían con las niñas. Andrea, al reírse, dejaba ver los espacios entre sus dientes.
A Julia le encantaban sus sandalias Dr. Scholl. Para ella eran los mejores zapatos de bailarina del mundo.
Así transcurrían las tardes después de la escuela, cuando el sol comenzaba a bajar lentamente y el calor cedía. Al caer la tarde, el calor no era más que un recuerdo lejano, mientras el aire fresco le acariciaba la cara y jugaba con su pelo corto y lacio.
De vez en cuando, ella y su hermana hacían carreras. Corrían de un extremo al otro del puente, ida y vuelta, una y otra vez, apostando quién ganaría esa tarde. A veces ganaba una, a veces la otra. Por la noche, las dos caían rendidas en la cama.
En aquel entonces, el puente le parecía a Julia enorme e interminable. Con los años se fue haciendo cada vez más pequeño. Y, sin embargo, sigue ahí: no por su tamaño, sino porque en él quedó una parte de su infancia.
©2002
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