





Photos: ©Maricruz Peñaloza
Mi abuela Teresa
La abuela Teresa, era una mujer de ojos negros y profundos, con trenzas de cabello abundantes, enaguas largas y siempre impecablemente arreglada. Desde que el abuelo Jorge murió, tenía el ceño fruncido y se había vuelto más agria que el limón verde.
Sus grandes cejas marcadas, su tez morena casi perfecta, se habían vuelto arrugadas y su voz, que en el pasado había sido muy ronca, se estaba apagando con el tiempo; todo en ella era muy grande. Pero, a pesar de todo, fue una mujer muy cariñosa y siempre estuvo en el centro y al cuidado de su familia, y su familia de ella, hasta el último momento.
Crecí en el seno de una familia grande, en una casa grande y en un lugar tropical, donde el cacao, el café, el plátano y el mango, el chicozapote y el jobo, el caimito y el marañón y muchas otras frutas crecen y donde los animales salvajes se agazapaban en sus escondites acechando a sus presas. En Tapachula, en la región del Soconusco, una región muy rica, en la costa chiapaneca. Última parada de México. Lugar donde se encuentra la frontera entre Guatemala y México. Crecí en ese lugar tan verde y exótico, entre el océano Pacífico y volcanes, entre mujeres fuertes y solidarias.
Era ella, mi abuela Teresa quien me contaba historias y secretos de la familia, pero también de las plantas, la comida y cómo nuestra región había pertenecido a Guatemala y la gente, tanto guatemaltecos como mexicanos, nos habíamos mezclado. También me hablaba de lo que el gobierno había hecho para dar la nacionalidad mexicana a algunos guatemaltecos, en un intento por parte del Estado mexicano por consolidar su espacio de dominación. Hasta que Chiapas, nuestro estado, se separó de la Capitanía General de Guatemala y pasó a formar parte de México en 1824.
Pero, ¿sabes qué? – me contaba mi abuela-, que los guatemaltecos que vivían allá arriba, cerca del volcán del Tacaná, de nuestro Tacaná, y todos, todos los que viven en Tapachula, nunca rompieron los lazos con Guatemala. Y nosotros, los de acá, tampoco hemos dejado de estar mezclados y sentirnos más identificados con los de allá que con los de aquí. Con ‘los de aquí’ se refería al centro de México, gente que tiene usos y costumbres totalmente diferentes a las nuestras.
– Y, ¿por qué habría de ser de otra manera? – decía, mi abuela, después de todo, compartimos las mismas raíces, las mismas costumbres y la forma de hablar. Somos hijas del maíz, somos descendientes de los mayas, solía decir una y otra vez, llena de orgullo.
Me encantaba escuchar sus historias, ella sentada en su mecedora y yo, muchas veces, en la hamaca donde mi abuelo Jorge solía hacer sus siestas. Ella tomando su café con pan dulce recién salido del horno de la panadería, que doña Chica -la dueña- personalmente le llevaba a su casa, tal y como era la usanza del pueblo, tomar café con pan dulce alrededor de las 5-6 de la tarde. Y yo, escuchándola. Ahora que lo pienso, mi abuela fue todo una fuente de inspiración y de muchos conocimientos que aún hoy me acompañan en mi vida de adulta.
Ya con una edad un poco avanzada y debido a su peso, la abuela Teresa se apoyaba en un bastón de madera al caminar. Según ella, el abuelo Jorge le había traído ese bastón de sus viajes a China, pero yo creo que simplemente lo había adquirido en la tienda de los chinos cerca de su casa, y en la que vendían de todo: desde alimentos hasta artículos traídos directamente del país asiático.
Mi madre tampoco sabía de dónde había venido el bastón, ni si mi abuelo Jorge había estado en China. Pero lo que sí era seguro es que en nuestra ciudad había una gran comunidad china que había llegado a trabajar, como muchas otras comunidades de extranjeros que se asentaron en la region del Soconusco a finales del siglo XIX (libaneses, alemanes, japoneses).
¿Sabes, Elenita? Así me llamaba mi abuela con cariño. Cuando llegaron los chinos a Tapachula, fueron a trabajar en la construcción del ferrocarril y en las fincas cafetaleras. En San Antonio Chicharras había muchos chinos.
Con el tiempo, muchos de ellos se dedicaron al comercio y, por supuesto, trajeron consigo su comida, y más adelante, empezaron a abrir sus propios restaurantes. ¡Pronto formó parte de nuestra dieta también la comida china! Al principio, continúa diciendo con su acento y sus modismos chiapanecos “no muy me gustaba, pero a tu abuelo Jorge pronto lo enamoraron las chinas con su comida y hasta pedía que le cocináramos aquí en casa el famoso Kai-Tian, Chop-Suey, el reverbedero y muchos otros platos. A tu madre también le gustaban mucho.
Me gustaba mucho escuchar sus historias y podía pasarme horas con la abuela, pero admito que también me gustaba mucho estar en su casa. Era una casona enorme, o al menos eso me parecía de pequeña. Tenía un montón de habitaciones y un patio inmenso con árboles enormes. Arboles de mango, papaya, limón, cacao…Me fascinaban por su altura y por los colores de sus frutas. Amarillo, naranja, verde y mucha sombra. ¡Y las semillas del cacao tenían un sabor dulce delicioso!
Cuando entraba en su casa, parecía que me sumergía en otro mundo. A veces apenas saludaba a la abuela, pues me iba directo al patio, casi la dejaba con la palabra en la boca por la prisa que tenía de subirme al árbol del mango, con la ayuda de Andrea y Tere, mis cómplices en esa casa. Ese era uno de mis sitios favorito en la casa de la abuela Teresa. Desde lo alto del árbol, me imaginaba que en esa casa vivían los mayas, nuestros ancestros y que ¡solo las frutas y los bichos eran los que vivían en esa casa! Me imaginaba que estas frutas eran llevadas en la espalda de los animales que tenía la abuela Teresa en su jardín, pavo reales y gallinas de Guinea, y que estos se iban a otros planetas donde no había nada para comer y donde todas estas frutas eran desconocidas, y que incluso a los habitantes de Surania, así se llama el planeta al que se las llevaban, les daba un poco de miedo porque no sabían si se comían, eran demasiado coloridas, y nunca antes las habían visto, tampoco sabían si eran venenosas o qué hacer con ellas.
Pero los gritos de la abuela, cuando me buscaba, me devolvían a la realidad. Ya se había hecho mayor, pobre abuela Teresa, apenas si podía caminar. Un día dejó de respirar y su casa se volvió muy fría, a pesar del calor infernal del pueblo.
©Maricruz Peñaloza. Cuento escrito para la performance Territorios Errantes – presentado por el colectivo Las Errantes, en Acción Spring(t). Universidad Complutense de Madrid. Abril 2025.
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Ohne Umschweife: Marina
In einer noch unbekannten Millionenstadt Auto zu fahren, erfordert viel Erfahrung und Nerven. Eine richtige Herausforderung. Bei Regen rollt der Verkehr noch viel langsamer als sonst.
Marinas Geduld wird auf die Probe gestellt. Ihre Nerven auch.
Überholmanöver, Hupen, Schimpfen, Kälte, Regen. Jeder gegen jeden. Je aggressiver die Menschen werden, desto chaotischer scheint der Verkehr.Grau in Grau, voller Smog und irgendwie traurig. So hatte sie es empfunden. Von einem Extrem ins andere war Marina gegangen.
Plötzlich scheint die Sonne tagelang nicht mehr. Der Asphalt ist oft nass, der Verkehr chaotisch. Unfreundliche und nervöse Menschen, die von einem Ort zum anderen hetzen.Ein heilloses Durcheinander auf den Strassen. Luftverschmutzung. Alles neu, alles ungewohnt.
Mit gerade einmal 18 Jahren war Marina nach Mexiko City gezogen. Sie schrieb sich an der Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) ein, um Soziologie zu studieren.
Schnell fahrende, gelbe Busse. Schnell fahrende grüne Peseros, die überall anhalten und Fahrgäste aufnehmen. Schnell fahrende gelbe Busse.
Pfeifende Polizist*innen, die wenig tun können, um den Verkehr zu regeln. Sie pfeifen ohne Sinn und Verstand und verursachen noch mehr Lärm und Chaos.
Hier und da ein Radfahrer, der auf einem Anhänger hinter seinem Fahrrad allerlei Waren transportiert. Motorisierte Kuriere, die sich durch den Verkehr winden. Ungeduldig hupende Autofahrer*innen und Menschen, die zwischen den Autos die Straße überqueren – ein lebensgefährliches Spiel.
“¡Madre mía!”, ruft Marina, wenn sie die beeindruckenden, fast fliegenden Menschen sieht, die die grossen Avenidas der Stadt überqueren und sich durch den Verkehr schlängeln. Und das bei jedem Wetter. Marina bewundert ihren Mut und kann sie doch nur bedauern.
«Odio la lluvia en esta ciudad. ¡La odio, en verdad!», sagt sie laut und schreit: «¡Mi-er-da!» (Scheisse!) Sie schimpft gerne beim Autofahren und lässt ihrem Frust freien Lauf.
Die Scheibenwischer bewegen sich. Hin und her. Hin und her, aber es hilft nicht viel. Es ist unmöglich, den Überblick zu behalten.
Mitten durch diesen Asphaltschlund zu fahren, war wirklich nichts für Marina. Regentage sind in dieser Stadt ihr Grauen.
Tropische Regenfälle mit Blitzen, die Bananenstauden, Mangobäume und das dichte Unterholz in Stücke zu reißen schienen. Stromausfälle, vom Regen geformte Flüsse – an all das war sie gewöhnt. Aber auch an alle möglichen Lebewesen, sogar an Vulkane, die ihre Asche ausspucken, aber nicht an diesen Dschungel, wo die Tropfen auf den Asphalt fallen… und wo es auch ums Überleben geht.
Marina, das verwöhnte Kind des Südens, war gezwungen zu lernen, sich in der Grossstadt zurechtzufinden. Sie musste sich an jedes Klima, an jede Situation anpassen. An alles.
Als Neuankömmling hatte sie sich oft gefragt: “Was mache ich hier? in einer Stadt voller Verrückter?
Die Stadt gefiel ihr anfangs nicht besonders. Nein, nicht wirklich. Nicht, weil sie nicht interessant gewesen wäre, sondern weil Marina sich in ihr selbst überlassen fühlte. Sie fühlte sich verloren… Sie musste sich einfach durchbeißen. Schließlich war sie hierher gekommen, um an der Universität zu studieren. Das wollte sie unbedingt. “Ich muss mich auf mein Studium konzentrieren”, hatte sie sich immer wieder gesagt.
In ihrer Einsamkeit hatte Marina gelernt, stark zu werden, sich durchzuschlagen, den Alltag zu meistern und ihn zu leben.
Ihr Alltag war fremd und zugleich außergewöhnlich, überraschend, manchmal sogar extravagant. Fremd fühlte sie sich auch. Marina war nicht mehr in ihrer gewohnten Umgebung, sie war in die Höhle des Löwen eingedrungen. Als befände sie sich in einem Dschungel aus Asphalt. Dieser Gedanke ließ sie nicht los. Marina hatte Heimweh, aber sie wollte es nicht zugeben. Vor allem, um ihre Eltern nicht zu beunruhigen. Sie hatte alles, sie brauchte nicht zu arbeiten, sie brauchte sich nur zu konzentrieren, um zu studieren.
“Marina, wie kannst du in einer Millionenstadt Freundlichkeit erwarten? Eine ihrer besten Jugendfreundinnen sagte das immer wieder. Dabei deutete sie mit dem Zeigefinger auf ihre Schläfe. Ein Zeichen, das bedeutete: ¿Estás loca?
Nein, haben wir nicht!
Aber doch… Die da! Was kostet das Kilo?
Nein, bekam Marina häufig zu hören.
Sie musste schon oft mit dem Finger auf das zeigen, was sie wollte. Auch auf dem Markt entdeckte sie Früchte mit anderen Namen als die, die sie kannte. Und nicht selten hatte sie das Gefühl, nicht verstanden zu werden. Jeden Samstag fand direkt vor ihrer Haustür der Tianguis statt. Ein traditioneller Markt, dessen Geschichte bis in die Zeit der Azteken zurückreicht. Jeden Tag der Woche baute der Markt seine Stände in einem anderen Stadtviertel auf und brachte seine Waren zum Verkauf.
Tomaten 6 Pesos el Kilo! Mais, 17 Pesos el Kilo!, schwarze Bohnen, 6 Pesos!, Nopales (Kaktusblätter)…20 Pesos!
Kommen Sie, Señorita! Was darf es sein? Bitte da lang! Die beste Ware auf dem ganzen Markt! Sehr, sehr frisch!
Marina war vom Markt fasziniert und beobachtete die Menschen. Sie liebte das vielfältige Angebot an Gemüse, Obst und Blumen. Und die pinkfarbenen Markisen an den Ständen. Marina liebte alles. Langsam entdeckt Marina die Farben der Stadt und die Freudigkeit der Menschen, was sie vorher nicht sehen konnte.
Im prähispanischen Mexiko wurden Grundnahrungsmittel wie Obst, Gemüse, Eier, lebende Tiere, Geflügel, Fleisch, Baumwolle und Pflanzen auf Matten aus Palm- oder Maguey-Blättern verkauft, die auf dem Boden der grossen Tianguis ausgelegt waren. Zu dieser Zeit war der Kakao unter anderem auch ein Zahlungsmittel. Der Platz war so gross, dass sich dort alles abspielte: vom Verkauf aller möglichen Waren über die Bestrafung von Dieben bis hin zu Hinrichtungen. In der Kolonialzeit waren die katholischen Priester, die den Markt besuchten, von seiner Größe beeindruckt: „Er ist doppelt so gross wie die Stadt Salamanca“, staunten sie. Da sich so viele Menschen auf dem Markt versammelten, begannen die Priester dort zu missionieren. “Venid Hermanos, venid a escuchar la palabra de Dios”.
Die Gerüche, die Geräusche in der Großstadt sind völlig anders. Ebenso die Menschen. Das Licht am Tag. Die Lichter in der Nacht. Der Lärm der Flugzeuge, die dicht über die Dächer der Stadt fliegen. Der unaufhörliche Lärm der Krankenwagen, der jedem das Ohr durchbohrt und das Trommelfell zerreißt, und der Feuerwehrwagen, die den ganzen Tag durch die Straßen fahren und manchmal den Verkehr durcheinander bringen. Die vielen gelben und grünen VW-Käfer, die als Taxis durch die Stadt schwirren. Alte und neue. Die langen Modellautos, die wie Gondeln auf venezianischen Kanälen durch die Stadt schippern. Strassenverkäufer*innen, die alles von Spielzeug über Süßigkeiten bis hin zu Flaggen verkaufen und sie an jeder Ampel lautstark feilbieten. Strassenkünstler*innen, Kinder und Jugendliche, die für ein paar Pesos Feuer schlucken oder gefährlich zwischen Autos jonglieren oder im Regen Windschutzscheiben putzen und dabei oft chemische Substanzen einatmen, um ihr Unglück und den Alltag zu überleben. Mit diesen Bildern wird Marina täglich konfrontiert: Dystopien und Utopien der Grossstadt.
Viele Mexikos leben in Mexiko und prallen aufeinander. Wie viele gibt es eigentlich?, fragt sich Marina oft.
Marina zieht es vor, von mexikanischen Ethnien zu sprechen, weil sie historisch und kulturell miteinander verbunden sind. Das ist ihre soziologische Sicht, sagte sie. Jede Ethnie habe ihre eigene Kosmogonie, ihre eigene Weltanschauung. Ihre Sprachen, ihre Kultur, ihre Traditionen, ihre historischen Erzählungen, ihr Wissen, ihre Medizin, ihre Ernährung, ihre Rituale, die von den Müttern, Vätern und Grosseltern an die Kinder weitergegeben werden. Aber auch die Kreolen und Kreolinnen, die in Mexiko geborenen Kinder von Europäer*innen, sind entstanden. Die in der Kolonialzeit geschaffenen Kasten – die der Spanier, der Indigenen und der Schwarzen – haben neue Machtverhältnisse geschaffen und die bestehenden verändert.
Was es bedeutet, privilegiert zu sein, wurde Marina vor Augen geführt, als sie an die Universität ging und auf Kommiliton*innen aus allen sozialen Schichten traf. Dann wurde sie mit verschiedenen Realitäten und strukturellen Problemen konfrontiert. Sie vertiefte sich in die Geschichte Mexikos, eines ihrer Lieblingsfächer seit ihrer Schulzeit, was sie sehr prägte und einen grossen Einfluss auf ihre weitere Entwicklung hatte. So begann sie, viele andere Theoretiker*innen zu lesen: von der Linken und von der Rechten. Sie liebte es, mit ihren Klassenkamerad*innen über Theorien zu diskutieren. Sie ass buchstäblich Bücher, und manchmal hatte sie nicht genug Geld, um noch mehr Bücher zu kaufen und zu lesen.
Auf dem Weg zur Universität oder wohin auch immer ging sie am Blumenladen vorbei und grüsste Don Pepe. Er stand immer an der Ecke zwischen dem Postamt und dem Kiosk. Er war immer zu einem Schwätzchen bereit, immer freundlich, immer mit einem strahlenden Lächeln im Gesicht, genau wie seine Blumen, dachte Marina. In der Umgebung befanden sich die emblematischen Multifamiliares Miguel Alemán, ein Wohnkomplex, der zu den architektonischen Meisterwerken des 20. Jahrhunderts zählt, eines der wichtigsten Vertreter der zeitgenössischen mexikanischen Architektur. Ihren Freund*innen erzählt Marina oft, wie diese Wohnblöcke entstanden sind. Ein bisschen stolz ist sie schon, so tolle Nachbarn zu haben. Auch wenn sie heute etwas heruntergekommen sind. Das Erdbeben, das Mexiko City im September 1985 erschütterte, hatte diesen Gebäuden keinen grossen Schaden zugefügt. Marina war Zeugin der Katastrophe.
Spannende Geschichten. Fliessende Verflechtungen. Ästhetisches und architektonisches Vokabular einer Stadt… Urbane Ästhetik.
An Regentagen wird der Asphalt zum Star. Nach dem Gewitter kommt die Ruhe. Dann geht sie zu Fuss durch das Viertel, und in den Pfützen, die zurückbleiben, spiegeln sich die Häuser und alles, was zu sehen ist, in Bruchstücke. Marina findet es schön, sie bleibt stehen und schaut.. Das Elend des Autofahrens und das Chaos dieser riesigen Stadt vergisst Marina in diesem Moment. Aber sie denkt laut über die vielen Ungerechtigkeiten in Mexiko nach. Mit der Zeit fand Marina ihren Platz in der Fakultät, aber auch in der Stadt, die sie nicht mochte. Sie widmete sich ihrem Studium, las, tauschte sich aus und führte lange und lebhafte Diskussionen mit ihren Kolleginnen und Kollegen, auch ausserhalb der Universität und im Kreise ihrer Familie. Allmählich sah sie die Stadt mit anderen Augen. Sie fühlte sich in jeder Hinsicht wohl. Bald hatte sie, wie sie lachend sagt, einen „soziologischen, ethnologischen, anthropologischen und zoologischen Blick“ und entdeckte fasziniert die vielen Mexikos, die in dieser Stadt existieren, aber auch aneinandergeraten: Bunt. Ein Universum für sich, ein traumhaftes, synkretistisches Universum voller Gegensätze und Widersprüche. Rassismus, Armut, extremer Reichtum im wahrsten und weitesten Sinne des Wortes.
Vergessen waren die grauen Tage, vergessen war der Regen, vergessen war auch das Verkehrschaos. …. Rot, grün, weiss, blau, braun, so vergingen ihre Tage. Im Wechselspiel der Farben, der Augenblicke, der Träume und der Liebe.
Ein Mexiko City mit vielen Gesichtern und Geschichten, viele Mexikos in einem. Im Universum ihrer mexikanischen Idiosynkrasie hat Marina dennoch ihren Platz in diesem Geflecht gefunden, zu dem sie auch gehört.
„Unsere Unterschiede und Gemeinsamkeiten, deine und meine“, schreibt Marina in ihrem Tagebuch über die vielen Mexikos, die in Mexiko City zusammenleben, “sie sind nicht mehr so gross, und ich kann mich in ihnen wiederfinden und wiedererkennen.
Auch in den Farben und Dichotomien des Alltags. Mit ihren Mythen und Wahrheiten, mit den vielen Andersartigem , den Gerüchen, den Klingeltönen, den Strassenhändler*innen, den rasenden Autos, den Allegorien und der Semiotik der Stadt, der Grossstadt”.
Ohne Umschweife: Marina.
„…die Brücke zwischen dem Ich und dem anderen bedeutet nicht Ähnlichkeit, sondern Verschiedenheit. Was uns verbindet, ist keine Brücke, sondern ein Abgrund. Der Mensch ist pluralisch: die Menschen …“ Octavio Paz

Tropischer Vogel…oder der Winter kommt bald
« Du sollst dich nicht so viele Kleider anziehen, es ist erst Anfangs September! was machst Du, wenn der Winter kommt? › wenn der erste Schnee fällt und die kalte, dunkle Winter Tage da sind? »…Herbst ist nicht das gleiche wie Winter, sagten sie, die guatemaltekische Freundinnen.
«Ich weiß, ich weiß» sagte sie. Obwohl sie gar nicht wusste wie kalt es sein konnte und wie tief die Temperaturen fallen. Sie erlebt es nur einmal, als sie in England zu besuch bei ihrem Cousin war, -26 Grad. Das war ein Erlebnis… sie blieb während 3 Tage zu Hause. Nicht mal die Nase wollte sie rausstrecken, weil es zu kalt war. Und weil, sie es sich nicht daran gewöhnt war.
« Ich bin ein tropischer Vogel » hatte sie jeweils geantwortet, fast als Entschuldigung für ihre Zwiebelhafte Kleidung… im September…. « und ich bin’s immer noch »… fügte sie hinzu. « Ich komme aus dem Tropen und das Meer liegt nicht so weit entfernt. Dort bin ich aufgewachsen ». Unter die Jeans hatte sie dicke Strumpfhosen an, Underwear, wie sie sagte. 2 T-Shirts. 2 Pullovers. Ziemlich eingepackt für die Jahreszeit.
Da sie in Mexiko City gelebt hatte, meinte sie, sie könne die kälte der Alpen etwas besser ertragen. Die Stadt liegt ziemlich hoch, circa 2’500 MüM. Vielleicht war es auch so. Als sie vom Süden nach Mexiko City zog, war die Stadt für sie sehr kalt. Kühle Nächte. Kalte Morgen und kalte Menschen die nie begrüssten. Die Stadt halt war nicht das gleiche wie bei ihr Zuhause wo die Menschen eher fröhlich waren. Sie kannte alle und alle kannten sie.
Aber Dank Monica und Elisabeth konnte sie den Herbst, den Winter und sogar den Sommer ‘überleben’. Die beiden waren ein Stück Heimat für sie. Sie haben die gleiche Sprache, das gleiche Essen und sie kamen auch aus der gleichen Sozialen Schicht.
©2000
Veronica und der Mango-Baum
Es muss im Mai gewesen sein, wenn die Mangobäume voller gelber, roter und saftiger Mangos sind. Wir waren etwa 11-12 Jahre alt, so erinnere ich mich. Wir gingen in dieselbe Schule und hatten dieselben Freundinnen. Es war ziemlich heiß, denn erst in diesem Monat fielen die ersten Regentropfen und damit begann die Mango-Saison. Manila-Mangos, Ataulfo-Mangos, verschiedene Sorten mit verschiedenen Namen. Große und kleine Mangos … gelbe, rote und grüne Mangos … exotische Mangos.
Veronika wohnte in einem großen alten Haus mitten in der Stadt. Der Stadt, in der wir aufgewachsen sind. Ihr Haus hatte einen sehr großen Patio, also einen Hinterhof, voller Obstbäume, es war wie ein kleines Paradies auf Erden. Sie hatten auch zwei oder drei Hunde.
An diesem Nachmittag hatten Veronika und ich nichts anderes zu tun, als alle Mangos zu essen, die wir auf dem Boden fanden oder pflückten: die reifen, die kleinen, die großen… sogar die grünen, die ich nicht essen durfte, weil sie noch nicht reif waren. Eine solche “Mango-Orgie” hatte ich noch nie in meinem Leben erlebt. Ich aß sie mit Salz und Zitronensaft, mit Zitronensaft und Chilipulver, mit “Chamoy” – einer Art Chili -, mit Zitronensaft und Erdnüssen … mit der Hand, mit einem Löffel, mit einer Gabel, mit einem Messer, ich aß sie mit allem, was ich konnte … ….ich aß und aß … bis ich nicht mehr konnte … bis ich platzte! Oder besser gesagt, bis meine Zähne und meine Zunge vom Zitronensaft fast “verkocht” waren. Tatsächlich haben Veronica und ich an diesem Nachmittag so viele Mangos gegessen, wie wir nur konnten.
Als ich nach Hause kam, konnte ich mich kaum noch bewegen. Ich hatte so viele Mangos im Bauch. Ohne Abendessen bin ich gleich ins Bett gegangen und meine Mutter war erstaunt. Aber ich wollte nur den Geschmack und den Geruch der Mangos im Bett genießen, abgesehen davon, dass mein Bauch aussah wie ein Mangobaum – voller Mangos. Der Traum endete schnell, als ich mit starken Bauchschmerzen aufstehen musste.
In meinem Bauch waren so viele Mangos, die raus wollten und mussten! Ich musste auch meine Mutter wecken, damit sie mir etwas gegen die schrecklichen Schmerzen gab.
Die Diagnose war eindeutig: Magenverstimmung… von zu vielen Mangos, zu viel Zitronensaft, zu viel Chili, zu viel von allem. Zu viel von allem. Aber vor allem von den vielen unreifen Mangos, die man eigentlich nicht essen sollte. Vor allem, weil sie Durchfall verursachen, aber sie waren so lecker! Meine Mutter war überzeugt und ich auch. Dann habe ich mich von diesem Drama erholt und konnte später wieder Mangos genießen, aber nicht in diesem industriellen Ausmaß.
© 2007
Das Meer
Sie liebt die Gerüche des Meeres, die wilde Wellen, das grüne, salzige Wasser dessen Geschmack ziemlich lange in ihrem Mund bleibt. Sie liebt sogar, wenn das Meer wütend auf irgendwen ist. Zornig und wütend. Sie liebte es unter den grossen Wellen zu tauchen. Das macht ihr richtig Spass.
Oft wird sie aus dem Meer herausgeworfen, und von Kopf bis Fuss und bis im innersten Bereich ihres Körpers voller Sand bedeckt. Ihr machte das nicht so viel aus.
Sie genoss mit den Geschwistern und Cousinen herumzualbern aber sie hörte auch hin gespannt worüber die Erwachsenen diskutiert hatten. Sie hatten gerne und laut über Politik geredet, über die soziale und wirtschaftliche Lage, vor allem über das politische Geschehen der Region. Eine Region die bis dahin Verlassen und Vergessen von den Rest Mexikos wurde. Ja, im Stich gelassen. Obwohl eine ganz wichtige Region hinsichtlich ihrer geographischen Lage ist.
Kein Politiker hatte sich für die Grenze im Süden interessiert, nicht einmal als eine Frage der national Sicherheit. Erst Jahre später, als die Flüchtlinge aus Guatemala kamen, hatten sich der Präsident und sein Kabinett diese Frage gestellt. Erst dann, Anfang de 80er Jahren.
Der neue Hafen sollte in San Benito gebaut werden und dieser sollte der Region wieder den Wohlstand mit sich bringen, den sie einmal vor vielen Jahren erlebt hatte, und vor allem die ersehnte Verbindung mit dem Nabel des Landes wiederherstellen. Langsam wurde viel Geld bei der ‹Carretera Costera ›, der Autostrasse entlang der Küste investiert. Es wurden Flüge von und nach Mexiko City jeden Tag angeboten. Der Eisenbahn der Anfang XX Jahrhundert gebaut wurde, hatte Modernität, Entwicklung und Fortschritt bedeutet, aber vor allem, Anschluss zum Zentrum des Landes hatte es gehabt. Das war alles schon vorbei. Es war Mitte der 70er Jahren.
Man brauchte einen Hafen, der fehlte noch immer. Die San Benito Strände sowie das kleine Fischer Dorf Puerto Madero wären dafür geeignet.
Der Papa und die Onkel hatten lange und oft darüber diskutiert. Sie waren dafür. Sie hatte ihre Ohren ziemlich offen und hörte all diese Diskussionen sehr gerne. Insgeheim wollte sie aber keinen Hafen, sie wollte ihre Strände so wie sie waren, nackt, leer und nur für sie haben. Stimmt, die Strände waren nicht speziell schön. Das Meer war ziemlich wild, ein offenes Meer. Es war ein Meer mit dunkel und körnigen Sand.
Der neue Hafen wurde plötzlich ein zentrales Thema bei allen, nicht nur bei ihrer Familie, überall hatte man was neues davon gehört. Es war omnipräsent.
Man brauchte nur der Segen des damaligen Gouverneur um den ersehnten Hafen zu bauen. Der Gouverneur war eher dagegen, dessen Argumente waren, dass der Hafen keine Rendite bringen würde. Wozu alles? Wer wird dieser Hafen nützen? Sollte man Bananen per Schiff exportieren? Nach San Francisco? Nach Kanada? Kaffe? Und Baumwolle? Damals gab es noch viele Baumwolle Plantagen, heute gibt es gar keine einzige mehr, nur in den Gedächtnis der Bevölkerung. Trotz dieser Argumentation, eines Tages kam der Gouverneur mit der Nachricht, dass der Bau des Hafens bewilligt worden sei. Zur Freude der Grossgrundbesitzern, und zum Wohle der Wirtschaft der ganzen Region, auch wenn nur für eine relative kurze Zeit. Auf sich hatten die dabei erhofften goldene Jahre warten lassen.
Sechs Monaten lang fuhren jeden Tag, 51 Kilometer hin und zurück, Tag und Nacht, mit 80 Tonnen Steinblöcken beladenen Lastwagen. Die Steine hatten sie von einem kleinen Ort ganz nahe an der Grenze zu Guatemala bis nach San Benito gebracht.
Während und nach der Bauarbeiten waren von Neugierde angetriebenen Zuschauer hingefahren, vor allem am Wochenende. Niemand wollte sich diesem Spektakel entgehen lassen: Kräne, Lastwagen, hunderte von Bauarbeitern die aus überall her kamen, den Kanal, das Hafengebiet, die zwei lange Steindämme. Alle träumten davon, eines Tages, die ganz grosse Schiff und Container am Hafen San Benito zu sehen. Die Mädchen von San Benito hatten gedacht, sie könnten ihre Prinzen unter den Seemänner finden, sie heiraten und eine Familie gründen.
Diese ganze Geschichte hatte sich nach knapp zwei Jahre als nutzlos ergibt. Sie war in der Luft verschwunden. Niemand konnte diesen Hafen brauchen. Dieser Millionenbau wurde wortwörtlich in den Sand gesteckt, oder doch ins Meer geworfen. Bananen zum exportiert gab es nicht mehr allzu viel, Kaffee auch nicht und der Baumwolle war praktisch verschwunden. Die kleine und wenige Hotelanlagen im Dorf wurden durch Flut und Ebbe beschädigt und viele private Häuser, die nur am Wochenende besetzt waren, sind verschwunden, im Meer ertrunken. Die Euphorie war ebenfalls verschwunden. Nichts ist aus dem Hafen geworden. Viel Geld umsonst. Enttäuschung total. Diese Episode geriet in einer bitteren Vergessenheit.
Aber das Meer ihrer Kindheit nicht. Sie kommt immer wieder und oft zurück, zumindest mit ihren Gedanken. Sie malt es sich immer und immer wieder aus. Sie vergisst es nicht. Viele Erinnerungen begleiten sie ständig, manchmal wirken sie wie ein Beruhigungsmittel, wenn sie im Bett liegt und nicht einschlafen kann. Dann denkt sie daran. An ihr Meer. An ihren Strand. An das unendliche des Horizonts. An die viele Stunden die sie am Strand verbrachte und mit dem dunklen Sand gespielt hatte. Zusammen mit ihren Geschwister, Cousinen und Freundinnen aber auch an den Hafen.
Das Unendliche der Sehnsucht. Gedanken. Gefühle. Erinnerungen. Sand. Kindheit. Palmen. Jugend. Hängematte. Sandburg. Wellen. Wasser. Wind. Kokosnuss Wasser. Marimba. Duft des Meeres. Papierdrachen. Sonnenuntergang. Laufen. Lachen. Rennen. Spielen. Plaudern. Tanzen. Lesen. hr Meer.
©2014
Die Brücke
Sie liebte es, auf der anderen Seite der Brücke zu spielen. Als ältestes von vier Kindern – drei Mädchen und ein Junge – spielte sie “comadritas”, vor allem mit ihrer zweitältesten Schwester..
Dieses Spiel war eine reine Erfindung von ihnen und, damit haben sie sich Stundenlang beschäftigt. Das Spiel war nichts anderes als Plaudern, Geschichten erzählen und Hin und Her über die Brücke ‹zu flanieren› als wäre die schönste Promenade der Welt. Wie bei den erwachsenen Frauen. Aber sie hatten ihre Puppen dabei. Unter der Brücke floss ein kleiner Bach.
Das Haus ihrer Kindheit lag ausserhalb der Stadt, umgebend von wilden Pflanzen und Tieren. Grün und Tropisch. Man konnte sie von der Hauptstrasse aus sehen, wenn man auf dem Weg zur guatemaltekischen Grenze an ihr vorbeifuhr. Ein grosses, weiss bemaltes Haus mit einem grossen Garten. Die Brücke diente als Eingang zum Haus.
Sie verbrachte aber auch viele Nachmittage mit den Freundinnen. Dann haben sie ein anderes Spiel: wer ist die beste Prima Ballerina. Alle standen auf die Zehenspitzen mit ihren Dr. Scholl Holzsandalen, die hatten dunkelblauen Riemen vorne und hinten bei den Fersen eine Art Schutz, so dass die Ferse gut passten. Hin und Her liefen alle auf Zehenspitzen und taten so, als wären sie die Primaballerina des Bolshoi-Balletts. Sie alle machten unter Tere und Andrea’s forschenden Blick -die langjährige Hausangestellte- Révérence. Arme hoch. Arme runter. Fussspitzen erheben. Fussspitzen runter. Pas. Pas de Deux. Plié. Plié squats in first position. Plié squats in second position. Bauch einziehen, offener Brust. Gerade Rücken. Penché. Tere und Andrea, beide Schwestern, waren immer dabei und hatten und hatten viel Spass mit den Mädchen. Andrea zeigte beim Lachen die Lücken in ihren Zähnen.
Sie liebte ihre Dr. Scholl Sandalen. Es waren die besten Ballerina Schuhe. So verbrachte sie die Nachmittage, nach der Schule und nachdem die Sonne fast verschwunden war und nicht mehr so heiss war. Bei der Dämmerung war die Sonne nur noch als eine kleine Erinnerung da und die Frische Luft hatte ihr Gesicht gestreichelt und ihre kurze, glatte Haare gestreut.
Ach ja, sie und ihre zweite Schwester hatten auch von Zeit zu Zeit Wettrennen. Sie liefen die gesamte Länge der Brücke von einer Seite zur anderen und X-mal und schlossen eine Wette ab: Wer würde den Nachmittag gewinnen? Manchmal hatte der eine, manchmal die andere gewonnen. Jedenfalls gingen die beiden Schwestern am Abend ziemlich müde ins Bett.
Die Brücke schien ihr damals ziemlich gross und lang, zumindest für ihr Vorhaben. Je älter sie wurde, desto kleiner schien ihr so. Trotzdem, ist die Brücke ein Bestandteil ihrer Kinderspiele gewesen. Die Brücke ihrer Kindheit.
©2002
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