ein tropischer vogel

Photo: ©Maricruz Peñaloza

Ein tropischer Vogel

„Du solltest dir nicht so viele Kleider anziehen. Es ist doch erst Anfang September! Was machst du erst, wenn der Winter kommt? Wenn der erste Schnee fällt und die kalten, dunklen Wintertage da sind?“

„Herbst ist nicht dasselbe wie Winter“, sagten ihre guatemaltekischen Freundinnen.

„Ich weiß, ich weiß“, sagte sie.

Dabei wusste sie eigentlich gar nicht, wie kalt es werden konnte und wie tief die Temperaturen tatsächlich fielen. Sie hatte das nur einmal erlebt, als sie ihren Cousin in England besuchte: minus 26 Grad. Das war ein Erlebnis. Drei Tage blieb sie zu Hause. Nicht einmal die Nase wollte sie vor die Tür strecken, so kalt war es. Und weil sie eine solche Kälte einfach nicht gewohnt war.

„Ich bin ein tropischer Vogel“, antwortete sie jeweils fast wie zur Entschuldigung für ihre zwiebelhafte Kleidung – im September. „Und ich bin es immer noch“, fügte sie hinzu. „Ich komme aus den Tropen, und das Meer ist nicht weit entfernt. Dort bin ich aufgewachsen.“

Unter der Jeans trug sie dicke Strumpfhosen, Underwear, wie sie sagte. Zwei T-Shirts. Zwei Pullover. Für Anfang September war sie ziemlich warm eingepackt.

Da sie einige Jahre in Mexiko-Stadt gelebt hatte, meinte sie, die Kälte der Alpen etwas besser ertragen zu können. Die Stadt liegt auf rund 2’250 Metern über dem Meeresspiegel. Vielleicht war es tatsächlich so.

Als sie vom Süden nach Mexiko-Stadt zog, erschien ihr die Stadt ebenfalls kalt. Die Nächte waren kühl. Die Morgen kalt. Und auch die Menschen wirkten auf sie kühl. Sie grüßten einander kaum. Zu Hause war das anders. Zu Hause war das anders. Dort grüßten sich alle. Sie kannte alle, und alle kannten sie.

Sie sprachen dieselbe Sprache, vermissten dasselbe Essen und verstanden vieles, ohne dass sie es erklären musste. Die beiden, Mónica und Elisabeth, waren für sie wie ein Stück Heimat.

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Un pájaro tropical

—No deberías ponerte tanta ropa. ¡Apenas estamos a principios de septiembre! «¿Qué vas a hacer cuando llegue el invierno? ¿Cuando caiga la primera nevada y lleguen esos días fríos y oscuros?»

—El otoño no es lo mismo que el invierno —decían sus amigas guatemaltecas.

—Ya sé, ya sé —decía ella.

En realidad, no tenía ni idea de cuánto frío podía llegar a hacer ni hasta dónde podían bajar las temperaturas. Solo lo había experimentado una vez, cuando fue a visitar a su primo a Inglaterra: veintiséis grados bajo cero. Aquello sí que fue una experiencia. Durante tres días no salió de casa. No quería ni asomar la nariz por la ventana. Simplemente no estaba acostumbrada a semejante frío.

—Soy un pájaro tropical —respondía, casi como disculpándose por ir vestida como una cebolla, capa sobre capa… ¡en septiembre!—. Y lo sigo siendo —añadía—. Vengo del trópico y el mar no queda lejos. Allí crecí.

Debajo de los jeans llevaba unas medias gruesas, underwear, como ella decía. Dos camisetas. Dos suéteres. Para principios de septiembre iba bastante abrigada.

Como había vivido algunos años en Ciudad de México, pensaba que podría soportar un poco mejor el frío de los Alpes. La ciudad se encuentra a unos 2.250 metros sobre el nivel del mar. Quizás fuera cierto.

Cuando se mudó del sur a Ciudad de México, la ciudad también le pareció fría. Las noches eran frescas. Las mañanas, heladas.

Y la gente también le parecía distante. Apenas se saludaban. En casa era diferente. Allí todos se saludaban. Ella conocía a todos y todos la conocían.

Hablaban el mismo idioma, extrañaban la misma comida y entendían cosas y palabras sin que ella tuviera que explicarlas. Las dos, Mónica y Elisabeth, eran para ella como un pedacito de casa. Con ellas, la nostalgia pesaba menos.

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