sie war 18. er 33

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LEGS. Lecture-Performance. Own text. 9 min. Corner College. Zurich. © 2016 photo: code flow

Sie war 18, und er 33.

Mit 19 bekam sie ihr erstes Baby. Ein Mädchen. 

Danach kamen drei Kinder: zwei Mädchen und ein Bub. Ein Bub zur Freude des Vaters. Der Prinz. Der Prinz, der von seinen Schwestern als Mädchen gekleidet und geschminkt und zum Tanzen gebracht worden ist, ohne dass es der Vater mitbekommen hätte … sonst … wer weiß, was alles passiert wäre. Die Mädchen haben sich köstlich amüsiert. Der Bub konnte sich nicht wehren. Oder vielleicht hat er sich auch amüsiert? Aber die Mädchen haben sich nicht dafür interessiert. Hauptsache, sie haben mit ihrem kleinen Bruder gespielt.

Die Mädchen kamen mit knapp zwei Jahren Abstand eins nach dem anderen, der Bub erst vier Jahre nach dem dritten Mädchen. Dazwischen ist ein Baby ‹verloren gegangen›.

Das älteste Mädchen hat etwas davon mitbekommen, ohne richtig verstanden zu haben, was zu Hause los war. Denn an jenem Tag ist sie zu einer Tante gebracht worden, und ihr wurde gesagt, der Mutter gehe es nicht gut und sie müsse zum Arzt. Wo ihre anderen Schwestern hingebracht worden sind, weiß sie nicht mehr. Aber im Hintergrund hat sie die Worte ‹Legrado. Aborto.› gehört. Das Mädchen wusste die Bedeutung dieser Worte in dem Moment nicht, erst Jahre später. Es bedeutete, dass sie einen Bruder oder eine Schwester verloren hatte. Das Mädchen wird es nie erfahren.

Sie und ihre Familie lebten im tropischen Gebiet. Endstation Mexikos. Etwa 18 Kilometer von der Grenze zu Guatemala entfernt und ca. 25 Kilometer von der Pazifikküste.

Das Haus, in dem sie wohnten, war ziemlich groß, weiß und umgeben von wilden Pflanzen und Tieren, die ab und zu ins Haus kamen: Spinnen, Beuteltiere, Skorpione, Fledermäuse, weiße Geckos, die in der Nacht mit ihren eigenartigen Lauten ‹ sangen › und Besucher erschreckten, die an diese kleinen Tierchen nicht gewöhnt waren und dadurch manchmal um den Schlaf gebracht wurden. Dabei waren sie im Haus ‹ nützlich ›, denn sie fraßen Insekten. … und viele andere exotische Hausbewohner.

Perlhühner, Küken, eine Menge Farne, Palmen, exotische Blumen und andere tropische Pflanzen sowie eine große Schaukel, eine Rutsche und andere Kinderspielzeuge ‹ dekorierten › den großen Garten.

Alle Kinder spielten im Garten, vor allem am Nachmittag, nachdem die Sonne nicht mehr so heiß gebrannt hatte.

Die ältere Tochter schaukelte pausenlos. Beim Schwingen fühlte sie sich frei, und ihre Träume schaukelten mit. Manchmal hörte sie ihre Mutter nach ihr rufen, damit sie ihre Hausaufgaben machte. Sie tat immer so, als hätte sie nichts gehört. Zum Ärger der Mutter.

Unter der Aufsicht von Andrea und Tere, den Hausangestellten, die jahrelang bei der Familie gearbeitet haben, verbrachten die Kinder ihre Nachmittage dort. Beide stammten ursprünglich aus einem benachbarten Dorf an der Soconusco-Küste. Dort sprachen die Leute anders. Sie hatten eine andere Aussprache; sie ‹verschluckten› das s am Wortende. Das war für die Kinder etwas Lustiges, etwas, das sie von zu Hause nicht kannten. Damals wussten die Kinder noch nicht, dass es dabei nicht nur um die Aussprache ging.

Die Kinder hatten viel mit ihnen gelacht, vor allem mit Andrea, einer robusten, großen Frau mit krummen Beinen, kurzem schwarzem Haar und sehr dunkler Haut, die jedes Mal, wenn sie lachte, ihre Zahnlücke zeigte.

Tere, die jüngere Schwester, hatte kleine, leuchtende Augen, ebenfalls eine dunkle Hautfarbe und wilde schwarze Locken. Sie war eher scheu, auch wenn sie über die Dummheiten ihrer Schwester laut lachen konnte.

Im Haus wohnte auch Miguel, ein junger Bursche, der kleinere Arbeiten im Garten erledigte und die Mädchen ab und zu in die Sonntagsmatinee begleitete. Das war ein Erlebnis – für Miguel, aber auch für die Mädchen, die sich manchmal schämten. Nicht weil Miguel sie begleitete, sondern weil es damals nicht üblich war, dass ein junger Mann Mädchen zur Matinee begleitete. Normalerweise hätten Andrea oder Tere das getan. Der Mutter war es egal, wer sie begleitete.

Nach der Matinee fuhr die ganze Familie, wie fast jeden Sonntag, ans Meer, in ihr eigenes Haus. Dort trafen sie sich mit Freunden und anderen Familienmitgliedern. Es waren richtige Familienfeste. Ab und zu spielte dort auch eine Marimba live.

Beide, Mutter und Vater, tanzten leidenschaftlich gern. Zumindest beim Tanzen verstanden sie sich, was sonst nicht immer der Fall war. Sie hatten viele Differenzen. Er mochte Fleisch, sie Fisch. Er aß gern mexikanisch, sie bevorzugte eher die europäische Küche. Er kam aus einem matriarchalisch geprägten Umfeld. Sie aus einer vom Vater dominierten und sehr katholischen Familie. Sie tanzte Flamenco und spielte Castañuelas. Er sang wunderschön und mit großer Freude. Sie hatte eine ganz helle Hautfarbe, er war dunkel. Sie war klein, sehr schlank und hatte feine Gesichtszüge. Er war breit und robust.

Obwohl sie dazu erzogen worden war, eine Hausfrau zu sein, ging sie arbeiten – gegen den Willen ihres Mannes. Eine Rebellin ihrer Zeit.

Ich flüstere nur einen Teil ihrer Geschichte.
Etwas von ihr bleibt in mir. 

Amalia

Corner College Corner College FB

Ella tenía 18 años; él, 33.

A los 19 nació su primer bebé. Una niña. 

Después llegaron tres hijos más: dos niñas y un niño. Un niño para alegría del padre. El príncipe.

El príncipe al que sus hermanas vestían de niña, maquillaban y hacían bailar sin que el padre se enterara porque, si lo hubiera sabido, quién sabe qué habría pasado.

Las niñas se divertían muchísimo. El pequeño no podía defenderse. O tal vez también se divertía?. A ellas no les importaba demasiado. Lo importante era jugar con su hermano pequeño.

Las niñas nacieron con apenas dos años de diferencia entre una y otra. El niño llegó cuatro años después de la tercera. En esos cuatro años se «perdió» un bebé.

La hija mayor percibió que algo extraño ocurría en casa, aunque no alcanzaba a comprenderlo. Aquel día la llevaron a casa de una tía y le dijeron que su madre no se encontraba bien y debía ir al médico. Ya no recuerda adónde llevaron a sus hermanas.

Pero una palabra quedó suspendida en el aire:

Legrado. Aborto.

Entonces no conocía el significado de aquellas palabras. Lo entendería muchos años después. Pero querían decir que había perdido a un hermano o a una hermana. Nunca lo sabría.

Ella y su familia vivían en una región tropical. Donde casi se acaba México. A unos dieciocho kilómetros de la frontera con Guatemala y a unos veinticinco de la costa del Pacífico.

La casa donde vivían era grande, blanca y estaba rodeada de plantas silvestres y de animales que, de vez en cuando, se colaban en su interior: arañas, tlacuaches, alacranes, murciélagos y cuijas (gecos) blancas y casi transparentes que por las noches «cantaban» con sus sonidos extraños. Asustaban a las visitas, poco acostumbradas a aquellos pequeños animales, y más de una vez les quitaban el sueño. Aun así, eran bienvenidos en la casa pues se alimentaban de insectos.

Gallinas de Guinea, pollitos, una infinidad de helechos, palmeras, flores exóticas y otras plantas tropicales, junto con un gran columpio, un tobogán y otros juegos infantiles, «decoraban» el inmenso jardín.

Los niños pasaban allí las tardes, sobre todo cuando el sol ya no quemaba con tanta fuerza.

La hija mayor se columpiaba sin descanso. Cada vez que se impulsaba hacia el cielo se sentía libre. Y con ella también se balanceaban sus sueños. A veces oía a su madre llamarla para hacer los deberes. Pero ella fingía no escucharla, para desesperación de su madre.

Bajo la mirada de Andrea y Tere, las dos mujeres que trabajaron durante años con la familia, los niños pasaban las tardes en el jardín.

Ambas procedían de un pueblo vecino, en la región del Soconusco. Allí la gente hablaba de otra manera. Se «comían» la ese al final de las palabras.

A los niños aquello les hacía mucha gracia. Era una forma de hablar que no conocían en casa. Entonces no sabían que aquella diferencia no era solamente una cuestión de pronunciación.

Los niños se reían mucho con ellas, sobre todo con Andrea.

Era una mujer corpulenta, de piernas arqueadas, cabello corto y negro y piel muy oscura. Cada vez que reía dejaba ver el espacio entre sus dientes.

Tere, su hermana menor, tenía unos ojos pequeños y luminosos, la misma piel oscura y una melena de rizos negros e indomables.

Era más tímida, aunque reía a carcajadas con las ocurrencias de Andrea.

En la casa también vivía Miguel, un muchacho que ayudaba con los trabajos del jardín y que, de vez en cuando, acompañaba a las niñas a la función dominical de cine.

Aquello era toda una aventura para Miguel y también para ellas.

A veces sentían vergüenza, porque no era habitual que un muchacho acompañara a unas niñas.

Lo normal habría sido que fueran Andrea o Tere.

A su madre, sin embargo, le daba igual quién las acompañara.

Después del cine, como casi todos los domingos, toda la familia iba al mar, a la casa que tenían allí.

Se reunían con amigos y familiares. Eran auténticas fiestas familiares. A veces una marimba tocaba en vivo.

Tanto la madre como el padre disfrutaban profundamente bailando.

Al menos mientras bailaban parecían entenderse, cosa que no siempre ocurría fuera de la pista. Tenían muchas diferencias.

A él le gustaba la carne; a ella, el pescado.

Él prefería la comida mexicana; ella se inclinaba por la cocina europea.

Él provenía de un entorno matriarcal.

Ella, de una familia profundamente católica y dominada por la figura del padre.

Ella bailaba flamenco y tocaba las castañuelas.

Él cantaba con una voz hermosa y disfrutaba haciéndolo.

Ella tenía la piel muy clara, era pequeña y de rasgos delicados.

Él era moreno, ancho y robusto.

Aunque la educaron para ser la señora de la casa, salió a trabajar, incluso contra la voluntad de su marido. Una rebelde de su tiempo.

Apenas susurro una parte de su historia.
Algo de ella permanece en mí.

Amalia. 

©2016. Original in deutscher Sprache verfasst. Die spanische Übersetzung entstand im Jahr 2026.


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